Hay que enseñar y aprender a argumentar y a discutir sin llegar a confrontaciones que pueden ser altamente nocivasPor la Redacción de El Comercio / GDA
Seguramente no existe un padre o una madre a quien alguna vez sus hijos no retaron a un duelo de frases típicas dependiendo de la edad. Ese niño que dice “No, no me puedes obligar”, crea una inmediata respuesta paterna: “Claro que sí, lo harás”. Entonces el hijo o la hija sigue adelante con su reto mientras la paciencia de papá o mamá se agota.
“La mayoría de padres se sentirán familiarizados con la frase ‘lucha de poderes’ pues definitivamente se trata de una lucha entre padres e hijos para determinar quién ejerce mayor poder. Unos y otros se sienten frustrados, derrotados y pelean con el propósito de alcanzar un poder personal y un control de sus vidas.
El padre siente rabia en su necesidad de controlar al hijo, de hacerle entender. Detrás de esa rabia se oculta un temor a sentirse amenazado. Papá o mamá piensa que porque es el/la progenitor/a, debe controlar el comportamiento del hijo. El padre o madre reconoce cuando existe una lucha de poder al sentirse retado/a, furioso/a y al demandar obediencia de parte de su hijo o hija. En cambio, el hijo o la hija involucrado/a en la lucha de poder se siente impulsado a mantenerse en su posición. No permitirá que le mandan, no permitirá que le controlen.
Peleará en cada oportunidad porque aprende a través de estas luchas de poder que tiene su propio lugar mediante la demostración de su ira y de su lucha”, manifiesta Jane Nelson, una educadora y escritora, conocida por su libro ‘Disciplina Positiva’.
“La mayoría de padres se sentirán familiarizados con la frase ‘lucha de poderes’ pues definitivamente se trata de una lucha entre padres e hijos para determinar quién ejerce mayor poder. Unos y otros se sienten frustrados, derrotados y pelean con el propósito de alcanzar un poder personal y un control de sus vidas.
El padre siente rabia en su necesidad de controlar al hijo, de hacerle entender. Detrás de esa rabia se oculta un temor a sentirse amenazado. Papá o mamá piensa que porque es el/la progenitor/a, debe controlar el comportamiento del hijo. El padre o madre reconoce cuando existe una lucha de poder al sentirse retado/a, furioso/a y al demandar obediencia de parte de su hijo o hija. En cambio, el hijo o la hija involucrado/a en la lucha de poder se siente impulsado a mantenerse en su posición. No permitirá que le mandan, no permitirá que le controlen.
Peleará en cada oportunidad porque aprende a través de estas luchas de poder que tiene su propio lugar mediante la demostración de su ira y de su lucha”, manifiesta Jane Nelson, una educadora y escritora, conocida por su libro ‘Disciplina Positiva’.
Según la autora, es responsabilidad del adulto cambiar esta atmósfera y lo más importante que los padres pueden hacer es analizar la parte que juegan en la lucha de poder. Es imperativo para el bien de la relación que los padres empiecen a tomar responsabilidades como padres para comenzar a sanar la relación y hay muchas cosas que pueden hacer para reducir las luchas de poder dentro del hogar.
“Una vez que se dan cuenta de que en realidad están promocionando esas luchas de poder, los padres pueden decidir no pelear y tampoco rendirse. Pueden abandonar esa pelea y alejarse totalmente de esa inclinación hacia manifestar poder sobre los hijos. Los padres necesitan permanecer emocionalmente calmados pero firmes, puesto que si no existe una rabia de parte de los padres no se podrá producir una lucha de poder porque el hijo o la hija no tendrá contra quién pelear”, es la conclusión a la que llega la especialista.
Además, indica que los padres necesitan dejar a un lado el concepto de que ellos pueden hacer que sus hijos hagan cualquier cosa. En lugar de ello, los padres pueden inspirar, enseñar, influenciar, dirigir, guiar, motivar, estimular y alentar a sus hijos para que desarrollen un comportamiento positivo y de cooperación.
Por otro lado, los padres necesitan actuar, no hablar, Deben ser activos y no reactivos. Por ejemplo, una rabieta se vuelve ineficaz y absurda si papá o mamá sale del cuarto y se va a otro lugar sin gritar o cerrar las puertas con fuerza. Con ello, la rabieta deja de tener efecto alguno.
Más tarde, cuando se presenta el período de tranquilidad posterior al momento del clímax tumultuoso, los padres pueden hablar sobre lo que ellos esperan de sus hijos.
Las luchas de poder pueden destruir una relación padre-hijo y destruir el sentido de autoestima de los hijos. Lo que es peor aún, las luchas de poder pueden eventualmente escalar a una etapa más seria de rebelión y venganza. “Teniendo todo esto en cuenta, los padres deben dar un vistazo a su relación con sus hijos. ¿Existen acaso más sentimientos de rabia que de amor y paz? ¿Las luchas de poder se presentan de manera continua? Si la respuesta es positiva entonces los padres necesitan empezar a hacer algunos cambios de inmediato. Durante los períodos de calma los padres pueden conversar y jugar con sus hijos para motivarlos al buen comportamiento.
Necesitan también recordar que son ellos los adultos en la ecuación y por tanto deben demostrar su amor y mantener el control.
Las demandas y las órdenes no son amor. El amor es el afecto, la preocupación, el cuidado, la dirección amable y la guía que se da a los hijos”, indica la autora.
Aprender a argumentar y discutir sin llegar a confrontaciones requiere de tres componentes: un deseo paterno de escuchar completamente a los hijos, un deseo de reconsiderar una regla o decisión que pudiera haberse comprobado no ser la más adecuada y una seria determinación de mantener un sí o un no, sin cambiarlo y sin importar cuánto llore o chille el hijo o la hija.
Cuando los padres enfrentan los retos de sus hijos, se puede y se debe producir una discusión bajo ciertas reglas que son:
- Ni gritos ni alaridos ni groserías.- Cada persona tendrá la oportunidad de hablar y terminar lo que tenía que decir sin ser interrumpida.- Se debe mantener el tono de voz en niveles normales.- No se admiten comentarios sarcásticos ni groseros.- Los padres deberán dar por terminada la discusión con una frase como “el tópico ha sido analizado, la discusión ha terminado”.
Cuando a los hijos se les ofrece la oportunidad de discutir en calma y bajo reglas fijas, es muy posible que las discusiones dejen de presentarse a menudo. Es crucial para los hijos conocer claramente las consecuencias de su comportamiento y saber lo que constituye una ofensa hacia sus padres.
“Una vez que se dan cuenta de que en realidad están promocionando esas luchas de poder, los padres pueden decidir no pelear y tampoco rendirse. Pueden abandonar esa pelea y alejarse totalmente de esa inclinación hacia manifestar poder sobre los hijos. Los padres necesitan permanecer emocionalmente calmados pero firmes, puesto que si no existe una rabia de parte de los padres no se podrá producir una lucha de poder porque el hijo o la hija no tendrá contra quién pelear”, es la conclusión a la que llega la especialista.
Además, indica que los padres necesitan dejar a un lado el concepto de que ellos pueden hacer que sus hijos hagan cualquier cosa. En lugar de ello, los padres pueden inspirar, enseñar, influenciar, dirigir, guiar, motivar, estimular y alentar a sus hijos para que desarrollen un comportamiento positivo y de cooperación.
Por otro lado, los padres necesitan actuar, no hablar, Deben ser activos y no reactivos. Por ejemplo, una rabieta se vuelve ineficaz y absurda si papá o mamá sale del cuarto y se va a otro lugar sin gritar o cerrar las puertas con fuerza. Con ello, la rabieta deja de tener efecto alguno.
Más tarde, cuando se presenta el período de tranquilidad posterior al momento del clímax tumultuoso, los padres pueden hablar sobre lo que ellos esperan de sus hijos.
Las luchas de poder pueden destruir una relación padre-hijo y destruir el sentido de autoestima de los hijos. Lo que es peor aún, las luchas de poder pueden eventualmente escalar a una etapa más seria de rebelión y venganza. “Teniendo todo esto en cuenta, los padres deben dar un vistazo a su relación con sus hijos. ¿Existen acaso más sentimientos de rabia que de amor y paz? ¿Las luchas de poder se presentan de manera continua? Si la respuesta es positiva entonces los padres necesitan empezar a hacer algunos cambios de inmediato. Durante los períodos de calma los padres pueden conversar y jugar con sus hijos para motivarlos al buen comportamiento.
Necesitan también recordar que son ellos los adultos en la ecuación y por tanto deben demostrar su amor y mantener el control.
Las demandas y las órdenes no son amor. El amor es el afecto, la preocupación, el cuidado, la dirección amable y la guía que se da a los hijos”, indica la autora.
Aprender a argumentar y discutir sin llegar a confrontaciones requiere de tres componentes: un deseo paterno de escuchar completamente a los hijos, un deseo de reconsiderar una regla o decisión que pudiera haberse comprobado no ser la más adecuada y una seria determinación de mantener un sí o un no, sin cambiarlo y sin importar cuánto llore o chille el hijo o la hija.
Cuando los padres enfrentan los retos de sus hijos, se puede y se debe producir una discusión bajo ciertas reglas que son:
- Ni gritos ni alaridos ni groserías.- Cada persona tendrá la oportunidad de hablar y terminar lo que tenía que decir sin ser interrumpida.- Se debe mantener el tono de voz en niveles normales.- No se admiten comentarios sarcásticos ni groseros.- Los padres deberán dar por terminada la discusión con una frase como “el tópico ha sido analizado, la discusión ha terminado”.
Cuando a los hijos se les ofrece la oportunidad de discutir en calma y bajo reglas fijas, es muy posible que las discusiones dejen de presentarse a menudo. Es crucial para los hijos conocer claramente las consecuencias de su comportamiento y saber lo que constituye una ofensa hacia sus padres.


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